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La Antigua Cultura Mediterránea de la Palmera (septiembre, 2006)

Por Francisco Picó Meléndez. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

La Paleontología indica con claridad que con anterioridad a la aparición de la especie humana sobre la Tierra, las palmeras poblaban el continente europeo. Glaciaciones posteriores las hicieron desaparecer, quedando su presencia reducida a lugares protegidos por las presencias benéficas del mar como regulador térmico, y en algunos casos como Elche, las estribaciones de sistemas montañosos, actuando a modo de pantalla protectora frente a las masas frías de aire polar.

Las civilizaciones antiguas compitieron por una porción del Mediterráneo. Al asomarse al mar, descubrieron, las palmeras reflejadas en sus aguas. Por el gran número de beneficios que éstas les reportaron y por sus semejanzas con la especie humana, pronto las hicieron objeto de su culto, asociándolas a la divinidad.

El extremo oriental del Mediterráneo conoció la cultura egipcia que adoptó la forma de estos árboles en los edificios más suntuosos de carácter religioso, creando las columnas palmiformes, con capiteles decorados con palmas y otros motivos fenícolas.

A miles de kilómetros, en el extremo occidental del Arco Mediterráneo, se establecieron los íberos, que aunque de cultura menos avanzada que la egipcia, también conocieron las palmeras, y al igual que ellos las incorporaron a sus elementos más valiosos, religión, cerámica ritual, escultura y monedas.

La primera manifestación conocida de la asociación ibérica de la palmera al culto mortuorio lo constituyen las semillas fosilizadas de palmera datilera, del Museo Jerónimo Molina de Jumilla. Estas semillas se encontraron en un enterramiento colectivo, como alimento para la otra vida, localizados en el fondo de la Cueva de los Tiestos, en la Sierra de las Cabras, del municipio de Jumilla, Murcia (España). Su antigüedad determinada por el carbono 14 se sitúa en el año 1800 a.C. esto es, hace cerca de 4000 años y un milenio antes de la llegada de los fenicios al litoral de la Península Ibérica.

La cerámica ibérica ritual es muy rica en obras en cuya decoración las palmas ocupan una relevancia significativa. En este contexto cabe destacar los restos expuestos en el Museo Monográfico de la Alcudia, Elche, conocidos como Vaso de la Diosa con Palma, La Procesión y El Árbol de la Vida.

En el primero de ellos aparece una representación antropomorfa de la Diosa Ibérica, portando una palma en cada mano, testimonio que permite considerar a dicha planta, en un pueblo con una religión de tipo naturista, como atributo de la divinidad. En La Procesión una persona porta un ramo de palma trenzada y en El Árbol de la Vida se representa con gran fuerza plástica una palmera, con detalles de sus frondas y de las cicatrices foliares en el centro. Todas las piezas corresponden a los Siglos III y IV a.C.

Las cerámicas reseñadas constituyen de modo contundente una valiosísima prueba documental de la inmersión de las palmeras, Príncipes del reino Vegetal, en el sentimiento religioso de estos Príncipes de Europa denominados Íberos.

La presencia de las palmeras en el arte ibérico no se limita tan solo a su aparición en el culto mortuorio y cerámica religiosa, sino que también irrumpe con fuerza en la escultura, en la que son notables representantes La Esfinge, encontrada en el yacimiento de El Salobral (Albacete) y expuesta en la sección de antigüedades orientales del Museo del Louvre, que porta una palma finamente esculpida junto a una de sus patas delanteras, o La Cierva, escultura expuesta en el Museo Arqueológico Provincial de Sevilla, que muestra a una cierva amamantando a su cervatillo junto a una vigorosa palmera datilera cargada con dos espléndidos racimos de dátiles.

En lo espiritual, asociación completa entre la divinidad y las palmeras, constituyendo éstas atributos divinos. En lo material, asociación con el valor perenne de todas las culturas, el económico, representado por las monedas íberas. En este contexto brilla con luz propia una moneda íbera preromana, del 180-150 a.C., conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, en cuyo reverso presenta un jinete íbero portando una palma en signo de paz.

De Grecia son numerosísimos los testimonios que se conservan, como el del mito del nacimiento de Apolo en la Isla de Delos, entre una palmera y un olivo. Hecho éste que asocia a la palmera como Árbol del Nacimiento. Varios milenios más tarde, palmeras y olivos continúan asociados a otros mitos o, quizás, en actualizaciones del mito original.

En la antigüedad, en la ciudad de Corinto, el neófito en la ceremonia de iniciación a los Sagrados Misterios coronaba su cabeza con corona elaborada con hojas de palma, como narra Apuleyo.

A orillas del Mediterráneo, la ciudad de Elche cuenta con un magnífico tesoro vegetal, El Palmeral de Elche, constituido por un bosque palmífero resultante de la agrupación de muchos huertos de palmeras datileras, que han permanecido desde los albores de los tiempos asociados a los primitivos habitantes y a su cultura. Este palmar, presenta unas singularidades propias, origen y palma blanca, que lo diferencian del resto de los palmerales situados en la otra orilla del Mar Mediterráneo o en Oriente Medio.

Siendo su mayor exponente, no es Elche el único referente mediterráneo de palma blanca. Al ya citado de Corinto hay que agregar especialmente el de la ciudad de Bordiguera en Italia, en la región de Liguria, donde se estableció el remoto pueblo ligur coetáneo de los íberos, a orillas de ese hermoso trozo del Mediterráneo llamado Mar de Liguria.

Actualmente, aunque hay pocas palmeras datileras también hay artesanía de la palma blanca en varias localidades de la Isla de Córcega como Bastia.

Hay palmeral en Creta, y a medida que buscamos hay palmeras por doquier que se investigue, a lo largo del Mar Mediterráneo, el mar al que todas las culturas intentaron acercarse y donde aquellas que lo consiguieron descubrieron las palmeras reflejadas en sus aguas.

Por todo esto, imaginamos una Antigua Cultura Mediterránea de la Palmera que antiguamente se extendió de uno al otro confín del viejo Mare Nostrum. Su conexión con los cultos restringió su conocimiento a los iniciados, desapareciendo con ellos. Por ello debemos considerar al Palmeral de Elche y el resto de las manifestaciones fenícolas actuales como son las de Bordighera, Córcega, etc., como valiosísimas reliquias vivas de esa remota Cultura Mediterránea de la Palmera, cuyo exponente más destacado es la Palma Blanca, surgida en los viejos mitos mediterráneos, y maravillosamente adaptada a las culturas posteriores en fantásticas metamorfosis que culminaron con las actuales Palmas del Domingo de Ramos, pórtico de las Palmas de Pasión en la Semana Santa Mediterránea.

La Paleontología indica con claridad que con anterioridad a la aparición de la especie humana sobre la Tierra, las palmeras poblaban el continente europeo. Glaciaciones posteriores las hicieron desaparecer, quedando su presencia reducida a lugares protegidos por las presencias benéficas del mar como regulador térmico, y en algunos casos como Elche, las estribaciones de sistemas montañosos, actuando a modo de pantalla protectora frente a las masas frías de aire polar.

Las civilizaciones antiguas compitieron por una porción del Mediterráneo. Al asomarse al mar, descubrieron, las palmeras reflejadas en sus aguas. Por el gran número de beneficios que éstas les reportaron y por sus semejanzas con la especie humana, pronto las hicieron objeto de su culto, asociándolas a la divinidad.

El extremo oriental del Mediterráneo conoció la cultura egipcia que adoptó la forma de estos árboles en los edificios más suntuosos de carácter religioso, creando las columnas palmiformes, con capiteles decorados con palmas y otros motivos fenícolas.

A miles de kilómetros, en el extremo occidental del Arco Mediterráneo, se establecieron los íberos, que aunque de cultura menos avanzada que la egipcia, también conocieron las palmeras, y al igual que ellos las incorporaron a sus elementos más valiosos, religión, cerámica ritual, escultura y monedas.

La primera manifestación conocida de la asociación ibérica de la palmera al culto mortuorio lo constituyen las semillas fosilizadas de palmera datilera, del Museo Jerónimo Molina de Jumilla. Estas semillas se encontraron en un enterramiento colectivo, como alimento para la otra vida, localizados en el fondo de la Cueva de los Tiestos, en la Sierra de las Cabras, del municipio de Jumilla, Murcia (España). Su antigüedad determinada por el carbono 14 se sitúa en el año 1800 a.C. esto es, hace cerca de 4000 años y un milenio antes de la llegada de los fenicios al litoral de la Península Ibérica.

La cerámica ibérica ritual es muy rica en obras en cuya decoración las palmas ocupan una relevancia significativa. En este contexto cabe destacar los restos expuestos en el Museo Monográfico de la Alcudia, Elche, conocidos como Vaso de la Diosa con Palma, La Procesión y El Árbol de la Vida.

En el primero de ellos aparece una representación antropomorfa de la Diosa Ibérica, portando una palma en cada mano, testimonio que permite considerar a dicha planta, en un pueblo con una religión de tipo naturista, como atributo de la divinidad. En La Procesión una persona porta un ramo de palma trenzada y en El Árbol de la Vida se representa con gran fuerza plástica una palmera, con detalles de sus frondas y de las cicatrices foliares en el centro. Todas las piezas corresponden a los Siglos III y IV a.C.

Las cerámicas reseñadas constituyen de modo contundente una valiosísima prueba documental de la inmersión de las palmeras, Príncipes del reino Vegetal, en el sentimiento religioso de estos Príncipes de Europa denominados Íberos.

La presencia de las palmeras en el arte ibérico no se limita tan solo a su aparición en el culto mortuorio y cerámica religiosa, sino que también irrumpe con fuerza en la escultura, en la que son notables representantes La Esfinge, encontrada en el yacimiento de El Salobral (Albacete) y expuesta en la sección de antigüedades orientales del Museo del Louvre, que porta una palma finamente esculpida junto a una de sus patas delanteras, o La Cierva, escultura expuesta en el Museo Arqueológico Provincial de Sevilla, que muestra a una cierva amamantando a su cervatillo junto a una vigorosa palmera datilera cargada con dos espléndidos racimos de dátiles.

En lo espiritual, asociación completa entre la divinidad y las palmeras, constituyendo éstas atributos divinos. En lo material, asociación con el valor perenne de todas las culturas, el económico, representado por las monedas íberas. En este contexto brilla con luz propia una moneda íbera preromana, del 180-150 a.C., conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, en cuyo reverso presenta un jinete íbero portando una palma en signo de paz.

De Grecia son numerosísimos los testimonios que se conservan, como el del mito del nacimiento de Apolo en la Isla de Delos, entre una palmera y un olivo. Hecho éste que asocia a la palmera como Árbol del Nacimiento. Varios milenios más tarde, palmeras y olivos continúan asociados a otros mitos o, quizás, en actualizaciones del mito original.

En la antigüedad, en la ciudad de Corinto, el neófito en la ceremonia de iniciación a los Sagrados Misterios coronaba su cabeza con corona elaborada con hojas de palma, como narra Apuleyo.

A orillas del Mediterráneo, la ciudad de Elche cuenta con un magnífico tesoro vegetal, El Palmeral de Elche, constituido por un bosque palmífero resultante de la agrupación de muchos huertos de palmeras datileras, que han permanecido desde los albores de los tiempos asociados a los primitivos habitantes y a su cultura. Este palmar, presenta unas singularidades propias, origen y palma blanca, que lo diferencian del resto de los palmerales situados en la otra orilla del Mar Mediterráneo o en Oriente Medio.

Siendo su mayor exponente, no es Elche el único referente mediterráneo de palma blanca. Al ya citado de Corinto hay que agregar especialmente el de la ciudad de Bordiguera en Italia, en la región de Liguria, donde se estableció el remoto pueblo ligur coetáneo de los íberos, a orillas de ese hermoso trozo del Mediterráneo llamado Mar de Liguria.

Actualmente, aunque hay pocas palmeras datileras también hay artesanía de la palma blanca en varias localidades de la Isla de Córcega como Bastia.

Hay palmeral en Creta, y a medida que buscamos hay palmeras por doquier que se investigue, a lo largo del Mar Mediterráneo, el mar al que todas las culturas intentaron acercarse y donde aquellas que lo consiguieron descubrieron las palmeras reflejadas en sus aguas.

Por todo esto, imaginamos una Antigua Cultura Mediterránea de la Palmera que antiguamente se extendió de uno al otro confín del viejo Mare Nostrum. Su conexión con los cultos restringió su conocimiento a los iniciados, desapareciendo con ellos. Por ello debemos considerar al Palmeral de Elche y el resto de las manifestaciones fenícolas actuales como son las de Bordighera, Córcega, etc., como valiosísimas reliquias vivas de esa remota Cultura Mediterránea de la Palmera, cuyo exponente más destacado es la Palma Blanca, surgida en los viejos mitos mediterráneos, y maravillosamente adaptada a las culturas posteriores en fantásticas metamorfosis que culminaron con las actuales Palmas del Domingo de Ramos, pórtico de las Palmas de Pasión en la Semana Santa Mediterránea.